El pasado que duele no se olvida, se perdona

El pasado que duele no se olvida, se perdona…

Dormido e inconsciente, silencioso y sigiloso. Aferrado a nuestro corazón, a nuestro cuerpo. No pronuncia palabra pero su sonido hace eco en cada rincón de nuestro ser y hace que de la nada te sientas distinto, diferente… Esa sensación de incomodidad, que se adueña de tus pensamientos sin tener una verdadera razón…o al menos eso piensas. Ese, es el pasado… el que te habla y te atormenta, el que duele y duele no porque esté en tu presente, duele porque no lo has perdonado aunque pienses que lo has “olvidado”.

Recuerdan a aquel niño en Gabon? Aquel niño que se sentaba por horas conmigo sin decir una palabra, a esa mujer (yo) que abrió sus brazos en medio de la inmensidad de aquella selva en África, que discretamente y sin juzgarme, observaba como me auto castigaba? Leer: Memorias de Africa Parte 1. Yo sí la recuerdo y cómo olvidarla? ella sin saberlo construía dentro de mí una fortaleza, no una de muros impenetrables e insensibles, una fortaleza flexible, moldeable…

Al partir de Gabon, con un equipaje lleno de incertidumbres, miedos y sentimientos de culpa, partí dos semanas a recorrer Europa, qué podía perder? 24 años, no tenía trabajo, no tenía idea de que iba a hacer con mi vida, no estaba a donde deseaba estar ni con quien deseaba estar y lo peor no sabía porque seguía atada a esa relación que me anulaba (o si lo sabía), no sabía cuánto me durarían mis ahorros ni qué haría cuando se acabarán, solo sabía que deseaba huir y lejos… Qué podía perder si no tenía nada?… (eso pensaba). Mi vida en ese instante era un completo NO y ahí estaba el problema. En el fondo tenía todas y cada una de las respuestas, sólo me rehusaba a aceptarlas y enfrentarlas.

Recorrí las calles más hermosas de Paris, Roma, Milán, Venecia, Barcelona… con una sonrisa dibujada, ensayada por varios años, con una actuación de felicidad que le hubiese robado el primer Oscar a Leonardo DiCaprio. Ahí estaba yo, pretendiendo ser feliz, queriendo engañar a la vida y qué soberbia era creyendo que lo hacía.

Algunos grupos indígenas creen que las fotos capturan el alma, temen que su espíritu quede atrapado en aquella imagen congelada, que sus sentimientos afloren y queden perpetuados, legibles para todos, como si desnudaras el alma.  Y sí que creen bien, mi soberbia murió al ver todas las fotos que me despertaron de aquella hipnosis, ver el reflejo de mi alma vacía enmarcado por los más hermosos escenarios fue como recibir un golpe sin aviso… sin pedirlo. Esa era yo, esa soy yo, porque el pasado no se olvida, se perdona.

Tras dos días de haber vuelto a Panamá de Europa tomé mi equipaje, dejé de auto compadecerme y partí hacia donde sabía que deseaba ir. Sola… Cuántas veces has anhelado el silencio de la soledad? la complicidad del anonimato?. 

argentina-2

Llegué a Buenos Aires, Argentina una mañana de invierno del 2008, sosteniendo entre mis manos un grupo de papeles como quien se sostiene el corazón asustado… papeles del lugar donde viviría y ciertos consejos que imprimí de internet. Qué estoy haciendo? – me repetía a mí misma mientras el conductor me hablaba orgulloso de su amada Argentina. Estoy loca!!!? me reclamaba, – mientras recordaba el rostro confundido de mi madre en el aeropuerto… callada pero diciéndolo todo y apoyando mis procesos como siempre (quizá ella estaba más clara que yo, que eso era lo que necesitaba). – Tacuarí 94 con Hipolito Irigoyen – dijo el conductor, sacándome con un susto de mis pensamientos – llegamos señorita.

LLEGUÉ! y ahora qué hago?…

– Diego, el chico Chileno que trabajaba medio tiempo en la empresa que arrendaba los apartamentos, me advirtió que me encontraría a las 10 am, eran apenas las 630am y justo al lado del que sería mi edificio había un café. Entré como quien quiere encontrarse a su madre lista para darle un abrazo, pero me recibió Marcelo – un Argentino de piel morena, cabello oscuro quizá en sus cuarentas, que en cinco minutos me aseguró que no era Porteño, era de Córdoba. Me dio la clave del “guifi” para avisarle a mi madre que había llegado bien y que no estaba cag..a de miedo, me recomendó el mejor desayuno del lugar, me llevó el café y un mapa para mostrarme los lugares que no podía dejar de visitar… – Cuántos días te quedás por acá morocha? –  sonriente me preguntó Marcelo – sin saber que su pregunta me caería más caliente que el café en el estomago. 5 meses… respondí – tragándome la realidad junto al café. Marcelo quizá percibió mi miedo y con ese instinto paternal (tenía una hija de mi edad) cambió el tema de inmediato. – Si te gustan las artesanías tienes que ir a la plaza Serrano, venden cosas así, señalando la bincha (bandana) que llevaba en la cabeza.

Llegada la hora, pagué la cuenta y en un silencio Marcelo me dio una tarjeta, tenía el teléfono del café  – morocha llamá acá si necesitás algo – en ese momento yo desconfiaba hasta de mí misma pero por alguna razón Marcelo me dio tranquilidad, la misma tranquilidad de aquel niño en Gabón que jamás supe su nombre, pero que en silencio me acompañó varias tardes. Marcelo al igual que él vieron más allá de mis ojos, sintieron mi miedo mi desdén y sin pedir nada a cambio me ofrecieron su cariño en silencio.

Cuántos seres como Marcelo nos topamos en nuestra vida cuando creemos estar solas, cuando creemos que vamos sin rumbo? nunca estas sola, todas las personas que nos topamos en nuestra vida tienen un propósito, todos somos herramientas del universo.  

Si alguna de mis seguidoras de Buenos Aires pasa por la Tacuarí 94 con Hipolito Irigoyen y paran en el café Expresso de la esquina y aún está Marcelo sólo denle las gracias por ser, sin saberlo, esa mañana de invierno del 2008 la fuerza que necesitaba para saber que estaba haciendo lo correcto.

Equipaje de una mujer by Stef Nieto

 

 

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4 Comments

  1. El pasado no perdona. Pero alimenta.el recuerdo. Depende de cada ser entender y madurar el para que se vivio no el porque se lloro.

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